El músculo cultural de Santander

Las librerías ejercitan la programación de la ciudad con propuestas que las reivindica como algo más que un mostrador de venta de libros.

04.11.11 -Marta San Miguel

Las guías turísticas lo advierten: Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante del mundo. Y no mienten al decirlo. Los espacios destinados a la venta de libros ocupan todos los locales posibles, hasta el punto de convertir un antiguo teatro del siglo XIX en una lujosa librería (Ateneo Grand Splendid). De todas ellas, La Librería de Ávila acaba de ser declarada Lugar Histórico Nacional, algo que sólo podría suceder en una ciudad como Buenos Aires, literaria hasta las acequias. Ubicada en el barrio de Monserrat, fue la primera librería de la ciudad porteña. Sus orígenes se remontan al año 1785. Entonces era un establecimiento llamado La Botica donde además de licores, comestibles y ropas, se vendían libros. Durante décadas, el establecimiento fue pasando de mano, y alguno de sus dueños inició en ella actividades editoriales, como la Editorial Sudamericana (actualmente propiedad de Random House Mondadori). Mientras fuera se sucedían los gobiernos, en su interior se celebraban sesiones literarias y tertulias a la que fueron asiduos concurrentes personalidades de la cultura de entonces, como Paul Groussac o Domingo Sarmiento.

En la actualidad, sus puertas siguen abiertas trazando una línea biográfica con sus tomos por los años de la ciudad. La librería, como pulmón de una sociedad, como columna vertebral de la cultura y punto de encuentro entre creadores, era en aquellos años una rareza ajena a nuestro país. El cineasta cántabro Mario Camus clava esta distancia en dos de sus películas. Mientras en ‘Roma’ retrata con Adolfo Aristarain esa librería lúgubre porteña en la que los libros conviven con estudiantes en pie de guerra ante la inminente dictadura militar mientras escuchan ‘Soultrane’ de John Coltrane, en ‘La Colmena’ jóvenes poetas e intelectuales españoles, que llevan muy a mano su carnet de identidad en regla, comparten su pulso creativo en un bar, sobre mesas de formica en torno a un café pagado por Paco Rabal.

Lejos queda ahora esa España de Camus aunque intacta su tradición hostelera. No obstante, tras las ricas tertulias de Pombo o del Café Gijón, en los últimos años las librerías han florecido en las principales urbes reivindicando un papel propio, más allá del de mero expositor y cobrador de títulos. En la actualidad, espacios como La Central de Barcelona, o las madrileñas Ocho y Medio, y La Buena Vida o Tipos Infames son algunos de los miles de ejemplos que glosan el catálogo de iniciativas que reclaman para sí el papel de músculo cultural para las librerías. Lo hacen programando y ejerciendo de embajadores en cursos monográficos, encuentros con creadores, talleres, concursos, debates y cualquier actividad que eleve el consumo de literatura a la categoría de forma de vida.

Más allá de los mastodónticos Fnac o El Corte Inglés de cada ciudad, las librerías se han hecho un hueco en ese espacio intangible pero necesario como es el de la lectura, la creación, el debate, el encuentro, el diálogo, el arte y la confesión. Santander también se ha sumado de unos años a esta parte a esa forma de entender la literatura, con el empuje de iniciativas privadas que, huelga decir, están regalando a la ciudad programaciones y propuestas que van más allá de su oficio. Las librerías se antojan distintas a otros comercios, quizá porque lo que se consume es imperecedero. La idiosincrasia tan sensible del material con el que comercian hace que tan sólo el uso de ese verbo, comerciar, parezca no conjugar del todo bien. En cualquier caso, Santander tiene buenos exponentes en los que apoyar esas programaciones transversales que emanan de algunos rincones de la ciudad que se han convertido ya en los músculos de una cultura que sigue creciendo a pesar de la actualidad económica y política. El esfuerzo de la iniciativa privada está dando lugar a un fenómeno en el que, por primera vez, el papel puede ganar a la tijera.

En esta cultura tecnócrata, en la que el acceso a cualquier contenido está a la velocidad de un parpadeo, la palabra escrita es un lujo, una suerte de apacible estado al que cada vez más seguidores consiguen adherirse de forma pública a través de los encuentros en torno al libro que espacios como la Librería Gil organizan al abrigo de sus estanterías. Autores consagrados, escritores noveles, editoriales de todos los signos, ciclos en torno a la poesía o exposiciones han tenido cabida en el espacio de la plaza de Pombo que dirige Paz Gil y que, casi de forma semanal, abre al público para compartir las letras y el olor a tinta.

La librería Estudio lleva años concediendo su tiempo a los niños con los Sábados de Cuento, y las conferencias y las firmas de libros siempre han estado presentes en la programación de la veterana casa editorial santanderina de Valeriano García Barredo, que además también se lanzó al mercado editorial creando un sello homónimo con el que edita obras sobre temas tradicionales de Cantabria. Más joven es el espacio de la Librería del Puerto, frente a la Biblioteca Central, de Socorro Ledesma, donde los ciclos de lecturas, canciones y conferencias sobre el mar vertebran parte de sus contenidos.

Los talleres de Mundanalrüido, el espacio de Ainara Bezanilla donde el libro se convierte no en un objeto sino en una obra de arte, son frecuentes. También iniciada en la edición, Mundanalrüido dedica su tiempo a talleres de ilustración, de edición, de manipulación del papel para niños, encuentros que hacen de su local de San Celedonio un altar para los devotos de la tradición artesanal y del diseño vanguardista. Cerca, en la calle San José, Artpapel de Giuliano Camilleri apuesta también por la artesanía, en su espacio recién inaugurado donde se programan talleres de edición y tratamiento del papel. También el mundo del cómic, un universo propio dentro de la literatura, tiene en Santander un catalizador de tendencias, novedades y actividades a través de la librería Nexus, que se ha erigido con los años en un lugar de encuentro entre los seguidores de este género programando actos como el que recientemente protagonizó el dibujante Óscar Martín.

Fuente.

El Diario Montañes

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